Por Carmen Pérez-Esparrells, Profesora Titular de Economía aplicada de la Universidad Autónoma de Madrid

Tras años de debate y propuestas para solucionar la infrafinanciación universitaria, tenemos que empezar a poner en marcha soluciones posibilistas que, aunque no resulten medidas definitivas puedan contribuir a aliviar las dificultades de financiación que están atravesando las universidades públicas españolas. No sirve de nada lamentarse de la escasa financiación pública que reciben nuestras universidades. Lo importante es ser proactivos y buscar soluciones alternativas que contribuyan a mejorar, aunque sea muy parcialmente, la persistente situación de precariedad presupuestaria universitaria.

Para ello, los cargos de responsabilidad universitarios deben ser valientes y ponerse manos a la obra porque los instrumentos y los modelos de fundraising que existen en la actualidad son muy variados, pero todos se caracterizan por tener periodos de maduración largo. Hay que abrazar nuevos conceptos, nuevos instrumentos, nuevas herramientas que, en definitiva, permitan poco a poco la entrada de fondos a las universidades públicas, distintas a las vías de ingresos clásicas (subvenciones nominativas e ingresos por matrículas de los estudiantes). Se trata de fórmulas imaginativas que hasta ahora no se habían explotado en España. Además, como todo en la vida, el primero que apueste de manera decidida y ponga en marcha estas medidas, conseguirá llegar más lejos y hacerlo mejor.

Una de las posibles soluciones por las que las Escuelas de Negocio españolas han apostado y algunas universidades públicas recientemente es por la activación de recursos con los que las Escuelas de Negocio y las universidades privadas ya cuentan, por ejemplo, la comunidad universitaria, los Alumni, la filantropía pura a través de grandes mecenas y como elemento de gestión, un vehículo que pudiera parecerse a los endowments anglosajones.

Los recursos anteriormente mencionados como la comunidad universitaria o los Alumni son activos con los que cada una de las instituciones públicas ya cuentan. Todas las universidades tienen una comunidad que les sigue y está interesada en su actividad diaria, de investigación y docente y por supuesto, todas las universidades españolas, incluso las más jóvenes cuentan con centenares o miles de exalumnos (por ejemplo, la Universidad de Salamanca o la Universidad de Granada). Simplemente ha llegado el momento de movilizarlos y dar un sentido práctico y una utilidad a estos activos intangibles. Las universidades españolas deben ser capaces de poner en valor esos activos (el sentido de pertenencia a un grupo) con los que cuentan en pos de satisfacer sus intereses y necesidades económicas.

La activación de estas vías de financiación y la consecución de resultados no obtendrá unos resultados inmediatos. Se trata de un trabajo a largo plazo ya que en este campo nuestro país no cuenta con la cultura filantrópica, madurez, recorrido y track record con el que si cuentan en los Estados Unidos, Canadá o el Reino Unido. Precisamente por tratarse de una acción sin resultados inmediatos, no se puede postergar más el inicio de este proceso.

De todas maneras, para que ello sea posible las universidades deben contar con estructuras, oficinas o departamentos profesionalizados que promuevan la activación y mantenimiento de sus comunidades y colectivos Alumni y que paralelamente pongan en marcha un elemento de gestión de los activos. Esta actuación además deberá ser transparente, efectiva, eficiente y que se gestione de acuerdo con los más altos criterios éticos, tal y como corresponde a los centros universitarios de excelencia.

En Estados Unidos, por ejemplo, país en que las grandes donaciones y la filantropía están mucho más desarrolladas que en España, la mayor parte de las universidades cuenta con endowments, unos vehículos de gestión de activos financieros dedicados a invertir los fondos que reciben fruto de las donaciones. Esta gestión se realiza a largo plazo y de manera prudente. Su única razón de ser es gestionar el patrimonio de la institución con el objetivo de preservarlo y hacerlo crecer para de esta manera, poder cubrir las necesidades actuales y garantizar las futuras. Se trata al fin y al cabo de un instrumento creado con el único objetivo de conseguir retornos a largo plazo y asegurar la supervivencia económica del centro.

Llegados a este punto, a pesar de su aparente lejanía, el de las universidades anglosajonas puede constituir un buen caso de estudio para las universidades españolas. Teniendo en cuenta la relativa corta historia de fundraising en algunas universidades de Reino Unido, nuestras instituciones universitarias no deben ni pueden postergar por más tiempo la puesta en marcha de departamentos profesionalizados que promuevan la gestión activa de las comunidades universitarias, la activación de recursos (y motivación) de los colectivos Alumni, el fomento de las pequeñas donaciones de particulares, empresas y fundaciones y una gestión prudente y rigurosa de los fondos conseguidos que contribuyan a asegurar a largo plazo la capacidad financiera necesaria que permita atender las necesidades universitarias futuras y competir en igualdad de condiciones económicas con las universidades de nuestro entorno más cercano.

 

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Carmen Pérez-Esparrells

Escrito por: Carmen Pérez-Esparrells

Licenciada en Ciencias Económicas y Empresariales y Doctora en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Complutense de Madrid, Máster en Economía de la Educación y del Trabajo por la Universidad Carlos III de Madrid y Especialista en Métodos Cuantitativos y Técnicas Estadísticas por Universidad Politécnica de Madrid y el Centro Superior de Investigaciones Científicas de España. Actualmente, es profesora titular de Economía Aplicada en el Departamento de Economía y Hacienda Pública de la Universidad Autónoma de Madrid.

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